Hay que reconocer que Italia es muy difícil de superar.

Su pizza, sus gelatos y su pasta – confieso que podría comer spaghetti carbonara todos los días del año –junto con su extraordinario patrimonio artístico, no tienen rival. Vayas donde vayas y seguramente más que en ningún otro sitio del mundo, se respira arte e historia.

Durante las vacaciones de Semana Santa visité la encantadora Bolonia, conocida especialmente por su riquísima salsa boloñesa, su flamante Universidad fundada en 1088 – la más antigua de Europa occidental – y por haber visto nacer a personajes tan ilustres como al inventor de la radio Guillermo Marconi, al escritor y director de cine Pier Paolo Pasolini y a uno de los pintores modernos que más admiro: Giorgio Morandi (1890-1964), al que he tenido la suerte de “encontrarme” en dos ocasiones últimamente.

La primera fue hace unas semanas cuando fui a ver la fantástica exposición Impresionistas y Modernos en CaixaForum Barcelona –no os la podéis perder bajo ningún concepto – y que entre otros muchos tesoros, muestra este bodegón de 1950 del artista italiano, procedente de la excepcional Phillips Collection de Washington.

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La segunda fue hace unos días en la ciudad natal del pintor.

El Museo de Arte Moderno de Bolonia (MAMbo) contiene una buena muestra de arte italiano del siglo XX además de contar con la Casa Morandi, la colección pública más importante del artista gracias a la generosa donación de su hermana, y que desde el año 2012 ha sido acogida temporalmente bajo el paraguas del MAMbo.

Durante los años de la Primera Guerra Mundial el joven Giorgio Morandi se aproxima ligeramente al italiano Futurismo y a la Pintura Metafísica de De Chirico, pero sus influencias más marcadas vienen de Cézanne, Picasso y Braque.

A pesar de que destruye la mayoría de sus obras de primera época, se conservan algunas piezas significativas como este paisaje de 1913.

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O esta naturaleza muerta de 1915 de inspiración puramente cubista.

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Y esta clásica figura femenina de 1908 pintada al carboncillo.

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A partir de los años veinte abandona las novedades vanguardistas para profundizar en su propia visión. Sus obras son el resultado de un proceso creativo obsesivo y continuado sobre un mismo tema: bodegones compuestos de botellas, jarrones, vasos y otros utensilios de cocina de diferentes tamaños y materiales.

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Sedentario y de espíritu tranquilo, Morandi casi no salió de Bolonia, donde compartía un pequeño apartamento con sus tres hermanas. Su dormitorio también ejercía las veces de taller, el cual tenía una ventana por la que entraba la luz, tenue y reposada como la de sus composiciones.

A través de esa luz y de volúmenes simples y limpios, Morandi dotaba a estas pequeñas pinturas de sutil emoción y dramatismo. Sencillos y elegantes a partes iguales, sus bodegones transmiten sensaciones intimistas, de meditación y silencio. De paz y serenidad.

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Pero a Morandi no le interesaban ni las propiedades físicas de los objetos ni sus texturas ni los reflejos sobre sus superficies, de modo que no se pueden distinguir los materiales —cristal, cerámica y metal— con los que estaban hechos los recipientes.

Le interesaban las relaciones entre el conjunto de la composición y sus partes, así como las establecidas entre unos planos con otros, y el acabado mate, apagado y neutro de los objetos elegidos.

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Sus delicados tonos tierra y pastel contrastan con sus marcadas líneas de contorno, que junto a su colocación frontal, aumenta su esencia pictórica y abstracta, alejándolo de la realidad.

Cualquier pretexto de objetividad en el dibujo parece desaparecer, convirtiéndose en una declaración explícita sobre la naturaleza ilusoria de las apariencias. Pura ficción.

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La obra de Giorgio Morandi escapa de toda clasificación o vanguardia histórica. Él no pretendía provocar, ni reivindicar, ni desafiar a nadie ni a nada. Fue un hombre tranquilo, contemplativo y tenaz, siempre fiel a una misma vía de expresión y que, a pesar de su marcada independencia, consiguió llamar la atención de coleccionistas importantes que le catapultaron a la fama.

Hoy en día se considera uno de los grandes maestros italianos del siglo XX. Precisamente ayer, 6 de abril de 2016, la casa de subastas Chrisitie’s vendió en Milán una de sus icónicas naturalezas muertas por €215.400.

 

By | 2018-02-12T15:13:11+01:00 abril 7th, 2016|Art, Arte moderno, Museos|0 Comments

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