La Galería Joan Prats de Barcelona abrió sus puertas en marzo de 1976, hace ya 40 años. Y qué mejor manera de celebrarlo que con una exposición de Joan Hernández Pijuan (Barcelona, 1931-2005), uno de sus artistas más queridos.

Su relación con la galería empezó al poco tiempo de su apertura y se mantuvo hasta su muerte. Toda una vida en la que se impuso la amistad y la complicidad por encima de todo, llegando a convertirse en uno de los artistas catalanes contemporáneos más reconocidos internacionalmente.

Catedrático de Pintura en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona, le gustaba hablar y enseñar sobre pintura tanto dentro como fuera de las aulas. Un excelente pedagogo y un gran conversador, de trato cercano y enorme generosidad.

Muchos son los motivos de agradecimiento. Hoy la Galería Joan Prats, junto con su mujer e hijos, le rinden homenaje, orgullosos.

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Las obras seleccionadas de la muestra corresponden al período 1977-2005, siendo más numerosas las de los últimos años de su carrera. Obras sobre tela y papel en distintas técnicas y formatos, así como una selección del archivo del artista – fotografías y esbozos – nos acercan a su entorno creativo más íntimo y personal.

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A raíz de mi colaboración con la galería he tenido la suerte de estar conviviendo con sus obras desde su inauguración en diciembre, y confieso que si pudiera, llenaría mis paredes de ellas. Cuanto más las miro, más me conmueven. Maravillosamente dispuestas en el espacio blanco y diáfano, transmiten paz y serenidad. Elegantes, rotundas y vibrantes, piden a gritos el más absoluto silencio.

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Ornamental I, 1992, Óleo sobre tela, 165 x 216 cm.

 

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Los temas de sus obras son siempre de paisajes a su alcance, como el de Folquer, en la Noguera (Lleida) donde vivía y trabajaba. Un árbol, una casa, una flor. Pero no un árbol concreto, ni una casa en particular, ni una flor determinada. La clave para entender el mundo de Hernández Pijuan es que en sus representaciones un árbol son todos los árboles y una casa son todas las casas.

Es la búsqueda de lo universal, en donde el artista quiere olvidar conscientemente lo que ha aprendido para crear representaciones sin yo, sin historia personal, sin sentimentalismo ni anécdota alguna.

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Paisatge amb xiprers, 1986, Técnica mixta sobre papel encolado en tela, 200 x 100 cm

 

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Núvol blanc, 1991, Óleo sobre tela, 150 x 225 cm.

 

Nada representa más de lo que es. No quiere explicar nada. No son símbolos con aspiración trascendental alguna, sino formas elementales y concretas dentro de un espacio.

El paisaje que dibuja es una excusa, porque lo que verdaderamente le interesa al artista es lo que pasa mientras él pinta, durante ese instante de tensión interna entre cuerpo y mente. En ese gesto reside la fuerza de su lenguaje pictórico y el verdadero camino al descubrimiento.

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Su gran preocupación por el espacio le lleva, en muchas ocasiones, a enmarcar sus obras – a veces con una sola línea, otras, con un marco ornamental – .Como si quisiera apropiarse de ellas, las acota y abraza, señalando el espacio pictórico.

Dentro de estos límites que él mismo se impone no cabe lo accesorio, simplificando cada vez más en favor del vacío más absoluto. Casi desnudas y de apariencia infantil, las obras se convierten en la mínima expresión de la representación. Es el despojo de todo artificio en busca de lo puramente esencial.

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Ornamental, 2001, Óleo sobre tela, díptico, 180 x 150 cm.

 

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Camp siena, 2004, Óleo sobre tela, 135 x 190 cm

Pero la pintura de Hernández Pijuan es, sobre todo, color. En ese proceso minimalista en donde cualquier elemento sobra, se desvelan espacios vacíos de colores.

Blancos, negros, ocres, sienas. Los tonos de la tierra. Aplicados directamente del tubo y con espátula, el artista superpone varias capas de pintura de distintos pigmentos jugando a ser monocromáticos. La textura se agrieta y se rompe, dotando de intensidad a la superficie de las obras. Intensas y vigorosas, dan ganas de tocarlas.

 

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Quatre flors al pati negre, 2002, Óleo sobre tela, 162 x 145 cm

 

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Llindars ocre, 1989, Óleo y esmalte sobre tela, 95 x 212 cm.

 

Hernández Pijuan es un maestro al que siempre hay que volver. Convencido de su obra e inconformista al mismo tiempo, hoy sigue siendo tan contemporáneo como el primer día.

 

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La seu Vella IV, 1985, Óleo sobre tela, 150 x 150

By | 2018-02-12T15:13:11+02:00 febrero 19th, 2016|Arte contemporaneo|3 Comments

3 Comments

  1. mariana fontcuberta 19 febrero, 2016 at 18:20 - Reply

    Felicidades por tu maravilloso blog, Valeria! Me encanta como escribes y las fotos son muy buenas! Un besito!
    Mariana

    • Valeria 23 febrero, 2016 at 00:48 - Reply

      Muchísimas gracias Mariana por comentar, qué ilusión! Me alegro que te haya gustado, un abrazo muy fuerte,
      Valeria

  2. micaela 21 febrero, 2016 at 14:30 - Reply

    Felicidades por partida doble!!! 😉 Muy interesante el post, muy gráfico y ameno. Ahora tengo muchas ganas de ver en vivo las obras del artista!
    Y tengo mucha curiosidad por el próximo! Estaré atenta!

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